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December 30 Oslo - Nordkapp...Ayer a la noche paramos a las afueras de Burdeos con la esperanza de que la noche estrellada serenase el nerviosismo inicial y nos acogiese en su confortable regazo...
Muchos para tirar del carro En aquel duermevela, el errante inconsciente escrudiñó poco a poco el pasado. Primero me trajo imágenes de hace un año: Josu, Beñat y yo en la estación de esquí de Val d'Azun, en la furgoneta amarilla, planeando la trilogía. Quizás éramos demasiados noveles e ignorantes para poner en marcha aquel proyecto, para tirar de semejante carro. Pero la ignorancia, muchas veces, es la semilla de la ilusión... Por el camino se nos cerraron algunas puertas, pero no nos venció la resignación y pronto otros nos las abrieron de par en par, tan ilusionados como nosotros.
Llegado el momento de transcribir todo eso, me he dado cuenta de que vamos seis en la furgoneta, pero que somos más, muchos más. Nieva en París ...Francia, Bélgica, Alemania... cuanto más al norte, más crudo y riguroso asoma el invierno. No tardamos en olvidar la calidez de Euskal Herria... Oslo nos da la bienvenida mediante dos ilustres embajadores: Fridtjof Nansen y Paul Roer. El primero era un valiente explorador polar noruego de principios del siglo XX, el más adelantado de su tiempo. El segundo es el padrino de los modernos aventureros noruegos. Es fácil explicarlo: habíamos concertado una cita con Paul Roer antes de llegar a Oslo. Después de barajar los posibles lugares para encontrarnos, pensamos que el más apropiado era la plaza Nansen. Paul Roer acude envuelto en un largo abrigo, con un elegante gorro de piel de reno. Hace frío en las postrimerías de la tarde; son las 16.30, pero ya el sol consume sus últimas fuerzas y la noche domina sobre la claridad. En Oslo hará unos 10ºC bajo cero, en esta tarde arrebolada. La piel arrugada de Paul Roer no es fruto de las preocupaciones inherentes a su profesión de abogado. Más bien, pienso que es consecuencia de los vientos polares y he imaginado huellas de sus viajes en aquellos surcos. También se aprecia en su sonrisa que es un vejete curtido, acostumbrado tanto a la comodidad de la oficina como a la incomodidad de los viajes. Él es nuestro padrino; por eso nos ha bendecido y nos ha dado un regalo de gran valor sentimental: una antigua caja de cera para los esquís. Saltamos desde trampolín de Holmenkollen 2 de febrero de 1998, lunes. Trampolín de Holmenkollen. "Hiru pauso, hiru norabide" (Tres pasos, tres direcciones) se ha puesto en marcha. Tras muchos líos y quebraderos de cabeza -la pobre furgoneta ha quedado mal aparcada frente a una casa, desamparada frente al crudo invierno- hemos salido hacia las 14.00 desde el trampolín de Holmenkollen, el adorado altar que domina Oslo, templo vivo del esquí. Nieva copiosamente, y menos mal, pues hay hielo vivo y no queremos besar el suelo nada más salir. Tras un año de preparativos, estamos deseosos para partir, inquietos, nerviosos, como perros encadenados a punto de ser soltados. Queremos aclarar esas pequeñas dudas, preocupaciones y miedos que nos han atenazado. ¿Seremos capaces de terminar una travesía de tres meses? ¿Cómo nos tratará el invierno escandinavo? ¿Nos llevaremos bien entre nosotros? Por supuesto, sin olvidar esas pequeñas preocupaciones personales que anidan en cada uno de nosotros.
Pero emprender la marcha ha borrado de un plumazo todas las inquietudes. No llevamos más que dos días de travesía y estoy como en otra dimensión. Todo me resulta extraño. El anochecer nos acosa, el sol se ha acostado hace tiempo en el horizonte -por estas latitudes suele ser bastante perezoso durante el invierno- y la temperatura baja vertiginosamente, lo que augura una noche serena; hará unos 14ºC bajo cero. Marit Sorensen, una sirena al anochecer Antes de que la larga y fría noche de febrero nos envuelva en su manto, se nos aparece una sirena esquiando, con tres perros tirando de ella. Es lo primero que he pensado, que las sirenas escandinavas se tienen que parecer a aquella mujer: rubias, hermosas, dulces... La sirena ha salido a dar su habitual paseo vespertino por el lago helado de Sandungen, y cuando nos ha visto no se ha movido, a pesar de que se ha avergonzado y extrañado. Su amable rostro y su grave voz nos ha encandilado inmediatamente. Hemos aceptado gustosos la invitación de dormir en su casa.
Se llama Marit, Marit Sorensen. Va camino de los 50 años, y a decir verdad, no parece mucho más joven, pero es muy hermosa. Además de su belleza física, la fuerza que emanan su forma de expresarse y de moverse la embellecen aún más. La personalidad de aquella sirena enamoraría a cualquiera. Además, a pesar de que seamos extraños, la inmediata confianza que ha surgido entre nosotros (lo que se llama química) ha despejado todas las preocupaciones que teníamos respecto a nuestro limitado inglés. Es de agradecer, ya lo creo, el esfuerzo que hace Marit por aguantar la carcajada y por entender nuestras torpes expresiones. Sandungen está a unos 50 kilómetros de Oslo y es, verdaderamente, un bello lugar. Rodeado de bosques, con un gran lago al lado -un paraíso tanto en invierno como en verano, para esquiar o para navegar- y unas pocas casas. Hace unos cinco años que Marit se trasladó a este destierro voluntario, y desde entonces cada día va a Oslo y vuelve a través de las heladas pistas. Hace 10 años atravesó Groenlandia junto a otras dos mujeres, ayudadas por perros. Poco a poco descubrimos cuáles son los componentes de la química de nuestra relación... El cuento del rey que no sabía llorar
El tercer día de la travesía ha sido para guardarlo en la caja de las preciosidades, en la memoria. Hoy hemos llegado al pueblecito de Hov. La iglesia y el cementerio, algunas pocas casas y la escuela es lo único que se ve. Josu pregunta en la escuela por algún sitio donde poder dormir y la maestra, una mujer sonriente y de nariz colorada, nos ha recibido con los brazos abiertos, como si fuésemos sus alumnos. Alice nos ha embelesado con su sonrisa y su simpatía contagiosa, con sus graciosos movimientos y su buen corazón. Al día siguiente celebrarán una especie de fiesta en la escuela de Trintom y nos ha rogado que nos quedemos. Han reunido a los 180 críos en el polideportivo y, para empezar, los profesores han representado una especie de cuento, la historia del rey que no sabía reír. Después los alumnos han cantado dos hermosas canciones, acompañados al piano por una maestra. Tras ellos, llega nuestro turno: Josu les ha explicado los pormenores de nuestro proyecto y después les hemos entregado los trabajos realizados por la prole de nuestro amigo Lukas Mendikute (Dina, Imanol y Lide) y otros muchos niños de Hernialde -poner en contacto a niños y niñas de Euskal Herria y Escandinavia, hacer nuevos amigos a pesar de vivir a 3.000 kilómetros-. Para terminar, el aurresku: Nerea al txistu y Beñat sobre el escenario.
Llegado el momento de dejar Trintom, creo que todos nos hemos sentido alegres y tristes a la vez. Pero, sobre todo, nos hemos emocionado al despedirnos de Alice, rodeada de un montón de críos pegados a su bata. He doblado el papel del chocolate que nos han dado junto a los dibujos del cuento. En el mío aparece el personaje representado por Alice: la lechera amable y de nariz colorada. Será mi amuleto. Gjovik, el embrión de la travesía Gjovik nos ha recibido a oscuras, en la que hasta ahora ha sido la etapa más larga, dura y hermosa. Los últimos kilómetros han sido maravillosos, a través de pistas iluminadas, al amparo de la oscuridad y la soledad, mecidos en el vaivén del cansancio y del disfrute. A pesar de ello, menuda alegría cuando desde un alto hemos divisado el pueblo que vió nacer a Hafdan Mustad. Gjovik ha sido uno de los embriones de nuestra travesía. Y es que a principios del siglo XX (en 1907), la empresa Mustad fundó una fábrica de clavos en Tolosa y, gracias a los noruegos que se trasladaron allí, llegó también una curiosa tradición: la de ponerse dos tablas de madera bajo los pies y deslizarse sobre la nieve. Gracias a ellos y a otros osados nativos se asentó el esquí en Tolosa y en Euskal Herria, en la medida de que el viento norte invernal dió a conocer el "Paraíso de Aralar". Gjovik, Mustad... eran palabras que sonaban lejanas, históricas, leídas fascinados en el libro Ski Club Tolosano de Paco Tuduri. Ahora, recién llegados a Gjovik, el cansancio empaña un poco esa fascinación, pero hemos comprobado cuán fácilmente convierte el ser humano lo lejano en próximo, cuán fácilmente materializa los sueños, casi tan rápido como quitarse las legañas de los ojos.
Tardamos dos días en hacer el camino entre Gjovik y Lillehamer, la ciudad olímpica. Creíamos que el lago Mojsa -el mayor de Noruega- estaría helado, pero en las orillas de Gjovik el hielo aún no estaba asentado y hemos tenido que ir hasta Biri monte a través. Mientras avanzábamos hacia Alvdal, comenzamos a ver los crueles efectos del viento sur que soplaba ayer a la noche: el hielo del río resquebrajado, los campos y carreteras encharcados... Con aquella repentina subida del mercurio, la nieve se estaba fundiendo. La zona de Alvdal y Roros es de las más frías de Noruega, pues está situada en el interior, rodeada y casi tapada de montañas, en un valle al cual no llegan las corrientes templadas del mar. Pero en la segunda semana de febrero, el tiempo se ha vuelto loco. Los lugareños están a gusto con aquella pequeña tregua que les ha concedido el invierno. Sin embargo, aquel paréntesis de bonanza no es bueno para nosotros, pues no podemos avanzar sin nieve. ¿Será un guiño cordial del invierno escandinavo? Es como si nos susurrara al oído: "Os quejáis del frío, pero mirad lo que pasa con el calor...". Estaremos sólo a 6-7ºC sobre cero, pero la falta de nieve es suficiente para interrumpir nuestro viaje. Un nuevo invento: el roller-pulka Esta noche los seis hemos deliberado y hemos sacado algo en claro. Sea como sea, pero queremos llegar a Nordkapp por nuestros propios medios, a poder ser sin ninguna ayuda exterior, esto es, sin utilizar ningún autobús, coche u otro medio de transporte... Quizás a alguno le parezca una chorrada, pero se siente una inmensa satisfacción al superar los retos y no queremos que ningún atisbo de arrepentimiento o sombra empañe esa alegría. No podemos quedarnos de brazos cruzados en Avdal, esperando a que enfríe o a que nieve. Por eso, antes de que la resignación se apodere de nosotros, hemos puesto a discurrir el coco y Josu ha dado con la solución. Con seis esquís y tres ejes con ruedas, podremos construir una especie de carrito y así poder llevar encima las pulkas y todo lo demás. Por supuesto, habrá que tirar de él, y si tirar de una pulka es ya de por sí bastante agotador, qué será hacerlo de un carro cargado de seis pulkas... Pero el cachivache -le llamamos roller-pulka- ofrece la posibilidad de organizarnos en turnos, pues sólo pueden tirar dos, lo cual es ventajoso. Además, siempre es mejor avanzar (aunque sea con un método tan poco ortodoxo) que perder el tiempo mirando pasivos al cielo. Al día siguiente fuimos a Brusker Maskin, un pequeño taller en el que compramos las ruedas y nos hicieron los ejes. Al parecer, es el sitio de confianza de los campesinos del lugar, pues acude mucha gente a por herramientas, unos en tractores, otros a bordo de embarrados coches. El viejo encargado del taller es de un inmenso corazón; apenas habla inglés, pero desea ayudarnos y es un manitas. Va de un sitio para otro, nervioso, intentando echar una mano en lo que sea, mientras que su voz rasgada y humilde intenta hacernos entender algo. Hemos necesitado toda la mañana para construir nuestro carrito y hemos salido de Alvdal a primera hora de la tarde. Hacia mediados de febrero se celebran los carnavales y parece que nuestro carrito es una carroza expresamente construida para los de Tolosa: seis personas vestidas con ropa de esquí, caminando por el arcén, tirando de aquel carrito, Nerea tocando eso de "Pastelero dale fuego"... ¡Vaya pinta de titiriteros que tenemos!
Pero al poco, nuestro gozo quedó en un pozo: a los ocho kilómetros una de las ruedas cedió. Nos quedamos tirados, a oscuras, entre Alvdal y Tynset (...) Los alrededores estaban totalmente encharcados y no podíamos montar las tiendas. Por eso, decidimos acudir a las casas adyacentes. Hollstein, el carpintero de las laderas del monte Trons, nos invitó a hospedarnos en su casa, ya que al parecer tenía suficiente sitio para nosotros. Cómo cambian las cosas, qué rápido pasamos del negro al blanco y viceversa; cuántas encrucijadas tiene la vida; ¡ay, qué loca es la rueda del destino! Si no fuese por aquella maldita rueda, nunca hubiésemos conocido a los agradables vecinos de Auma, y a cuantos miles de anónimos amigos no hemos conocido al viajar por otros muchos sitios... Seguimos por la carretera hasta llegar a Tolga, tirando de nuestro carrito. Fue un recorrido de casi 38 horas y mucho más cansino que tirar de la pulka. El calzado que vestimos (una especie de katiuska, con el interior forrado) no era nada adecuado para caminar durante mucho tiempo, por lo que el asfalto provocó ampollas como huevos a Nerea y Josu. Pasamos las dos primeras semanas curándonos los callos, pensando que ya se nos habían curtido los pies, pero ¡qué vá! A partir de Tolga había nieve de nuevo, por lo que quitamos las ruedas y nos calzamos los esquís. Por si las moscas, envíamos las ruedas a Kautokeino, al norte de Noruega, pues visto lo sucedido, era imprevisible qué sorpresas nos deparaba el invierno... Suecia y el mes de marzo nos saludan
"Riksgräns Sverige". Sólo eso. La frontera escandinava es cosa del pasado: aquí no hay ni carabineros, ni aduana, ni nada parecido... De vez en cuando, algún que otro coche por la carretera y sobre la nieve alguna antigua huella de scooter o moto de nieve. Eso sí, el paisaje sí que ha cambiado, y en la medida en que las pendientes se van suavizando, la perspectiva va ampliándose, para gozo de nuestros ojos y, al mismo tiempo, para nuestra desesperación. Y es que los 30 kilómetros diarios que recorremos es una distancia mínima, casi insignificante. Por eso sólo desplegábamos el mapa grande (de escala 1:1.000.000) transcurrida una semana, ya que si no se hacía imposible apreciar cuánto avanzamos. Por ese mismo motivo, aquella bella visión del paisaje sueco es, al mismo tiempo, una visión cruel: avanzar hacia el horizonte infinito, como en una pesadilla en la que no hay ninguna meta para poder, por fin, terminar. Pero no, nosotros, como dicen los futbolistas, vamos día a día, con un claro objetivo, y como ellos, con la esperanza de estar allá arriba al final. La principal meta de los equipos vascos de fútbol suele ser Europa, pero nosotros vamos más allá: queremos llegar al extremo de Europa, a Nordkapp.
En nuestro primer día por territorio sueco nos alojamos en un grupo de casas denominado Fjällnas, al borde de un enorme lago helado. Llegamos a Suecia y el mes de marzo está a la vuelta de la esquina. Pasado mañana, 1 de marzo, se disputará la conocida carrera Vasaloppet, la prueba de esquí de fondo más famosa de Escandinavia y quizás del mundo entero. Año tras año, unos 15.000 esquiadores parten de Sälen y llegan a Mora, tras recorrer 90 kilómetros. No estamos muy lejos, y dejar pasar la oportunidad de asistir sería de tontos, como estar hambriento y rechazar un plato de alubias. Por eso, alquilamos una furgoneta e hicimos un paréntesis de dos días, un pequeño alto en el camino. Sin embargo, en Mora se nos presenta una oportunidad difícil de rechazar: a cambio de dar a conocer la carrera en Euskal Herria, una de las organizadoras, Mónica Ericsson, nos ofrece la ocasión de que dos de nosotros puedan participar. Así pues, Beñat y Pablo se olvidaron de descansar y participaron en la carrera. Beñat completó los 90 kilómetros en siete horas y Pablo en nueve. Nosotros, situados en el recorrido, les estuvimos animando tocando el txistu. Why? Nosotros también buscamos respuestas A menudo, tirando abstraído del trineo, me preguntaba cómo era posible que tuviéramos tanta suerte, que estuviéramos haciendo tantos amigos y se nos abrieran tantas puertas. Cada cierto tiempo repetíamos la misma frase, y, que me perdonen los filólogos, pero la escribiré tal y como la decíamos: "We are six people from Basque Country; we are acrossing all Eskandinavia from Oslo to Nordkapp; long way, bla, bla, bla…". Me he puesto en el lugar de aquellos que ante esas palabras nos han recibido con los brazos abiertos y me he imaginado lo que pasaba por sus cabezas. He llegado a la conclusión de que nos acogieron tan bien por tres razones: por una parte, por compasión; por otra, por la admiración que provoca semejante travesía; y, por último, por querer compartir en cierta forma nuestro viaje. Quizás influya también el modo en que llegamos -sobre los esquís que tan hondo llevan en el corazón-, la estación del año y el que haya dos chicas en el grupo. Algunas han acogido mucho más amablemente a Ane y Nerea que a los chicos. Los tiempos van cambiando y no creo que sea cuestión de sexismo, sino del instinto protector femenino, sólo eso. La etapa desde Ammarnas al impronunciable refugio de Bojnjaltje fue muy dura, todo cuesta arriba y en malas condiciones. El viento y la nieve nos envolvieron en una blanca nebulosa y, juguetones, nos han escondido los palos indicadores del camino -que a principios del invierno se ponen cada dos metros-. La primavera de vez en cuando nos hace un guiño con la más dulce de sus sonrisas, pero allí manda el envidioso invierno, por ahora al menos.
El viento norte amainó, tras limpiar el cielo de nubarrones: se ha tomado un respiro en su tarea para admirar lo relucientes que han quedado las estrellas. El 28 de marzo amaneció soleado. Era sábado, día en que los aldeanos bajaban al pueblo, y nosotros también lo hicimos, descendiendo valle abajo a un pueblecito llamado Adolfstrom, donde había una especie de camping y almorzamos. La jefa nos trajo café y pastas, como si fuéramos honorables invitados. A decir verdad, cuanto más al norte íbamos, más asombro provocaba el decir que veníamos de Oslo, algo parecido a lo que sucedía en el sur, cuando decíamos que nos dirigíamos a Nordkapp. Pero cuando estábamos al Sur, Nordkapp quedaba muy lejos y nos quedaba mucho camino. Ahora, en cambio, es Oslo la que queda lejos tras recorrer un gran trecho. Por eso en algunos pueblos nuestro paso o que hiciéramos una parada era un gran acontecimiento, por ejemplo, ésta de Adolfstrom. La jefa del camping, llegado el momento de despedirnos, nos regaló unos botes de colores, para que tuviéramos un recuerdo. Aquella mujer no sabía, ni nosotros tampoco entonces, cuánto café, leche y agua íbamos a beber de aquellos botes durante los tres pasos. Hoy, 30 de marzo, hemos traspasado una nueva frontera: la del Círculo Polar Ártico. Muchos pueblos se aprovechan de que el Círculo Polar pase por ellos y abundan en ellos las tiendas de souvenirs. Pero no es nuestro caso. Aunque estemos rodeados de montañas, el GPS no miente, funciona igual en el pueblo más civilizado o en plena montaña: marca latitud 66º 22'. Igual que cuando cruzamos hacia Suecia, un escalofrío recorrería nuestro interior: en ese momento sentíamos más fuerte los latidos del corazón de Laponia: las noches plateadas perdían su brillo sólo durante tres o cuatro horas y estaba próximo el día en que nos despertara el olor a salitre del mar. Muy poca gente se atreve a vivir por encima del Círculo Polar Ártico, ya que durante todo el año la temperatura media ronda entre los -10ºC y los -20ºC, y los inviernos más crudos se alcanzan los -50º. En Alaska o Groenlandia no se dan condiciones de vida por estas latitudes, pero aquí la Corriente del Golfo dulcifica bastante el clima. Desde aquí nos quedan 5º hasta Nordkapp, 555 kilómetros en línea recta. Pero tal como vamos, haciendo eses, unos cientos más. El invierno se prolongará En Ovre Soppero nos dejaron una casa entera en cuanto pronunciamos las palabras mágicas -todavía hay quien no se asusta con nuestras pintas y nuestro olor-. Estamos a 14 de abril. Los samis tienen una costumbre para este día y nosotros también la hemos puesto en práctica: llenar un recipiente con agua y dejarlo a la intemperie. Si durante la noche el agua se hiela, el invierno se prolongará. A la mañana siguiente nos costó mucho extraer el hielo. Ha hecho -23º bajo cero. Sin muchos contratiempos reseñables, llegamos a la frontera entre Suecia y Finlandia: dos localidades gemelas que se sitúan a ambos lados de la frontera: Karesuando en Suecia y Kaaresuvanto en Finlandia. Las dos son siamesas y por eso están unidas por un gran puente con un cartel que da la bienvenida a Suomi, la tercera de las hijas de Escandinavia. Aunque más pobre que las otras dos, a pesar de ello es muy rica. He leído al periodista vasco Manu Leginetxe que Finlandia es el más claro ejemplo de clase media: hay pocos ricos, pero apenas hay pobres. Respecto a la lengua, el suomi es muy diferente del noruego o sueco. Deriva de las lenguas fino-húngaras y es mucho más musical y complicado. Pero como muestra bien vale un botón, he aquí como se dice en suomi el puesto de trabajo del ayudante del ministro de agricultura: "Metsatausapulaiserikoisasiantuntija". ¡Y luego dicen que el euskara es difícil! El viento marino levanta los sueños
...Teníamos bastante olvidada aquella imagen de Oslo: los barcos que, terminada la pesca arribaban a puerto, aquel estrépito de gaviotas excitadas por el olor del pescado fresco hacia el anochecer, los barcos que rompían el manto de hielo, el griterío de los pescadores del puerto que venden su mercancía... Nosotros deambulábamos por allí, con la esperanza de que el viento marino también se llevase consigo las preocupaciones e incertidumbres que nos acechaban durante los tres meses siguientes. Desde que partimos de Oslo, hemos marchado por caminos, lagos y montañas cubiertas de nieve, nieve y más nieve. Al oeste, el Atlántico, al este, el Golfo de Botnia, al norte, el Mar del Norte, y nosotros en mitad de todos, seis puntos insignificantes en la inmensidad blanca. Nordkapp ha sido nuestra brújula y nuestra guía, pero al igual que ese extremo europeo se limpia y embellece entre la espuma del mar embravecido, nosotros estábamos deseosos de recibir la caricia del viento marino, para embellecer aún más aquellos sueños de Oslo. Hoy es el día "D". Desde un collado cercano, no todos veíamos lo mismo. Beñat decía "Que sí, que aquello es mar"; y Ane que no, que aquello no puede ser agua, que todavía estábamos demasiado alejados. Pero sí, era el mar, era la larga lengua del fiordo Porsangen. En tamaño, Porsangen es el tercer fiordo de Noruega, se adentra 80 kilómetros, hasta formar la bahía de Lakselven. Un día después avistamos Russenes. Es un pequeño pueblo de pescadores al abrigo de la dura tundra, rodeada de negras rocas, habituada a las frías caricias del oscuro mar durante la primavera y el verano, y acostumbrada a las dentelladas del hielo en invierno, cubierta de nieve casi durante ocho meses. Paramos en la tienda de la gasolinera Statoil, mudo testigo de nuestra voracidad: la jefa pensará que nos zampamos el desayuno, la comida y la cena, todo a la vez. La mujer de la oficina de correos también se quedó de piedra, ante el hambre de cartas que teníamos. Cuanto más alejados en la distancia y en el tiempo, mayor era la necesidad de los de casa. Entre las cartas había una bonita sorpresa: el dibujo que Beñat hizo en el pasillo de la escuela de Kautokeino, en la que aparecemos los seis... Se nos puso carne de gallina. En Russenes recogemos el último depósito, nuestro último cartucho. Sentimos el subidón de adrenalina de los sprinters, aunque sabemos que el viento marino, aunque a veces ayuda a realizar los sueños, otras veces se convierte en pesadilla, y no nos fiamos demasiado. El último pellizco de Escandinavia En el barco que nos traslada desde Kapfjord a la isla de Mageroy o Nordkapp recordamos el último pellizco que nos ha dado Escandinavia. "Si no hubiesen aparecido Mathis y su primo, ¿cómo hubiésemos pasado aquella noche?". Es la pregunta que ronda obsesiva en nuestras mentes. El 28 de abril nos atrapó por sorpresa la mayor tormenta de nieve y viento que hemos conocido en tres meses. El amanecer clareó rojizo y nos quedamos en una pequeña kota, a echar una cabezadita hasta las 6.00 de la mañana. Al despertarnos, el viento soplaba fuerte, pero la visibilidad era bastante buena y continuamos adelante. Pero para cuando nos dimos cuenta, el viento comenzó a soplar mucho más fuerte y empeoró la situación. Casi no veíamos al que nos precedía y nos lanzamos a ciegas cuesta abajo, hasta el mar. Vimos una casa en la orilla, con un rebaño de renos y pensamos que estábamos a salvo. Pero los mapas y el GPS no creían lo mismo: estábamos 10 kilómetros al oeste de Kapjord. No había nadie en la casa y no podíamos avanzar en aquellas condiciones. Estábamos a punto de montar las tiendas cuando aparecieron Mathis y su primo, montados en la moto de nieve, y nos invitaron a su casa: cuán fácilmente se endulza hasta el más duro de los recuerdos al calor del barco. De nuevo, nuestro destino pasaba rápidamente del blanco al negro y del negro al blanco, como la vida misma. Mathis y otros ocho pastores llevan los renos desde Karasjok a la isla de Mageroy cuando empieza a asentarse la primavera. Todos los años hacen el mismo recorrido y por eso construyeron unas casas en Kapfjord. Allí esperan a que llegue el barco militar que lleva los renos a la isla. Son los únicos de la comarca de Finnmark que llevan allí sus renos. Todavía el pastoreo tiene una gran importancia en Finnmark, sobre todo en el interior, pues en la costa predomina la pesca. Además, gracias al petróleo encontrado en el Mar del Norte, esta zona ha evolucionado rápidamente. La vida les ha impuesto unas duras condiciones de vida, pero también les ha dado grandes riquezas. Lo que les falta es mano de obra: Finnmark es la comarca más extensa de Noruega, pero sólo tiene 75.000 habitantes. Es como si los vecinos de Irun, Getxo o Baiona viviesen en un territorio cuatro veces mayor que Euskal Herria. El último extremo de Europa ...Por segunda vez nos vimos obligados a utilizar las ruedas que enviamos desde Tolga a Kautokeino: estamos ya en mayo, y conforme se acerca el verano, la nieve desaparece poco a poco. Aunque sea para recorrer pocos kilómetros, montamos de nuevo la roller-pulka. Sorteamos los turnos: primero tirarán las chicas, en el tramo más duro; después, Pablo y yo, hasta el camping. Nuestro campamento base avanzado tiene todos los lujos: dos habitaciones, servicio, salón, cocina... Al día siguiente recorrimos otros tres o cuatro kilómetros con la roller-pulka y después esquiamos hasta Skarsvag, un pequeño pueblo de pescadores, el más septentrional de Noruega. Hemos decidido tomarnos un respiro antes del asalto final. Partimos de Skarsvag pasadas las 11.30 de la noche, cuando sentimos que crujía la nieve. Nada más salir, a Ane se le rompió la fijación del esquí y Beñat le ató la bota con un cordino -no se tendría que descalzar hasta Nordkapp, con un poco de suerte-. Suerte que íbamos a necesitar, porque la nieve escaseaba cada vez más, y ya teníamos que hacer filigranas para empalmar los tramos de nieve. Recorrimos un par de kilómetros, siguiendo la carretera por la pronunciada pendiente lateral, temiendo que la pulka se cayese al camino y nos arrastrase con ella. Pero no pasó nada y alcanzamos el collado. Desde allí se veía una larga antena, con una débil luz parpadeante. Avanzamos en silencio, meditando, sumergidos en nuestros pensamientos. Mi mente está nublada, como el tiempo. Quiero recordar los momentos más bellos de la travesía, pero no puedo, porque están cubiertos por una fina capa de hielo y no soy capaz de emocionarme y romper esa envoltura. Sin embargo, unos 400 metros más adelante, cuando avistamos el edificio, el corazón se me aceleró. A unos 200 metros se terminaba la nieve y arrastramos a las pobres y delicadas pulkas sobre la gravilla. Me dolió hasta a mí. Ahí estaba la oxidada esfera, más pequeña de lo que imaginaba, cubierta de pegatinas, la que durante tres meses había sido el norte de nuestro camino y ahora era mudo testigo de la alegría satisfecha. El último extremo de Europa. Hoy es 3 de mayo, son las 3.00 de la mañana y el viento azota sin piedad este altar que se levanta impetuoso a 300 metros del mar. De repente, una especie de golpe de viento despertaba todos nuestros sentidos: entre la bruma matinal nos abrazamos y unas lágrimas cayeron sobre las espaldas de los compañeros. Al volver a Escandinavia siempre tendremos algún amigo en 100 kilómetros a la redonda, estemos donde estemos. He ahí el fundamento de nuestro camino. Oslo-Nordkapp no es más que una línea, bella, aunque al fin y al cabo, una línea en el mapa. Pero nuestra huella no la borrará la nieve del próximo invierno, quedará libre para siempre. Además, desde el acantilado de Nordkapp veo que el camino sigue mar adentro, por la estela que dejan cuatro piraguas amarillas...
Oslo - HelsinkiDos marinos para formar el cuarteto
Por varias razones (trabajo, falta de experiencia en piragua, falta de dinero...), fuimos cambiando los miembros del grupo e intentamos convertir el sexteto en cuarteto: para hacer una travesía larga con piraguas, dos o tres personas son pocas; cinco o seis, sin embargo, demasiadas. Ane y yo iríamos casi seguro, e invitamos al pasaitarra Markox Sistiaga y al surfista y escalador donostiarra Mikel Troitiño a venir con nosotros. Después de formar el grupo humano, debíamos recopilar el material necesario, repartir los trabajos y concretar el proyecto... Hasta Oslo a través del agua 10 de septiembre. A no ser que ocurra algún imprevisto, ya está en marcha el segundo paso. Tenemos las cuatro piraguas amarillas (miden 5 metros de largo) atadas encima de la furgoneta. Humedad en el ambiente, pero nada de lágrimas en la despedida; como casi siempre, estamos un poco tristes, pero tenemos ganas de salir. Desde que salimos de casa hemos viajado con la lluvia de compañera, como si este viaje en furgoneta hasta la capital de Noruega tuviéramos que hacerlo empapados desde el principio. Casi hemos cruzado media Europa: Francia, Bélgica, Alemania, luego una hora en barco y a Dinamarca. Allí tenemos que coger otro ferry para pasar a Suecia. Por la carretera E-6, hacia el norte, Goteborg. En esa ciudad dejaremos un par de paquetes y en otra ciudad más adelante, llamada Stromstad, otros dos. Utilizaremos el mismo sistema que en invierno: prepararemos cajas especiales y las mandaremos por correo a varios depósitos. Nosotros somos capaces de llevar trastos y comida para una semana, y así haremos la travesía más cómodos y reduciremos gastos. Estamos de vuelta en Oslo. Ahora las hojas están amarillentas; pronto estarán rojas, y cuando todos los rincones se llenen de hojarasca, ya tendremos aquí las primeras nieves. Puede que para entonces empiecen a helarse las aguas del Báltico; pero eso lo vemos muy lejano, tanto en el espacio como en el tiempo. El primer paso fue de 2.000 kilómetros, aproximadamente, y calculamos que cada uno dio unos dos millones de pasos en esquís. No sabemos cuántas paladas tendremos que dar en esta expedición para completar los 1.500 kilómetros que hay entre Oslo y Helsinki. Muchas en todo caso, más de un cuarto de millón seguramente. La fortaleza del cuerpo es muy importante, pero si la cabeza no funciona bien, no hay nada que hacer. La voluntad es el motor que mueve todos los músculos, y nosotros estamos plenos de ilusión y con muchísimas ganas. 17 de septiembre: cuatro cáscaras de plátano al agua Por fin ha llegado el dichoso día: 17 de septiembre, jueves. Cuando entramos los cuatro al agua, me acordé del grupo que realizamos la primera expedición en invierno, de Nansen, Amundsen y de muchos otros. Ese momento quedó recogido así en papel: "Cuatro barquitos amarillos han salido desde el museo Fram hacia el sur, por el fiordo de Oslo. Visto desde fuera parecemos cuatro cáscaras de plátano en medio de un pozo enorme... Atrás quedan las marcas que dejamos en la nieve con nuestras pulkas durante la expedición en invierno; ahora desaparecen enseguida las señales que dejan nuestras piraguas en el mar. Pero estoy seguro de que en el interior de cada uno de nosotros esa huella no desaparecerá tan fácilmente." Hemos empezado a dar las primeras paladas; no llueve, el viento nos da por la espalda y el mar está en calma. Hemos comprobado que en esas condiciones podemos hacer cinco kilómetros a la hora. Durante la segunda jornada, un día soleado y hermoso, hemos hecho unos 20 km, y eso nos ha dado mucho ánimo. Desde que salimos de Tolosa, la humedad nos ha perseguido por tierra; ahora nuestra obsesión es permanecer secos en el agua, pero no debemos obcecarnos. Desde lejos, se puede averiguar quién va en cada piragua. Aunque todos seamos parecidos, la forma de remar, la ropa o el equipaje que llevamos por fuera nos delatan. Aun así, cuando la gente nos ve, se sorprende por otra cosa: una pequeña bicicleta. Seguiremos avanzando en piragua, pero cada dos horas, a ser posible, y todas las noches, pararemos en tierra. En invierno, durante la travesía con esquís, no tuvimos problemas para acercarnos a los pueblos y a las tiendas. Pero ahora, al anochecer podemos estar lejos de los pueblos, y por eso hemos traído una pequeña bicicleta. En compañía de la fauna marina
Salimos de Noruega el lunes a mediodía. Según nuestro mapa, entramos en Suecia al cruzar la ría llamada Single Fiord. En esta época del año llamada equinoccio, en la que el sol luce durante 12 horas en todas las latitudes del mundo, aquí sólo quedamos nosotros y los autóctonos. Durante estos días que hemos pasado en el fiordo de Oslo, hemos encontrado parajes maravillosos: muchos pueblos pequeños como Fagerstrand o Drovak y algunos pueblos industriales como Moss.
Hasta ahora hemos elegido los sitios más protegidos de la costa y el camino más corto. Hemos visto garzas en las zonas húmedas; en la reserva de aves que hay cerca del pueblo de Stromstad miles de gansos y grullas se echan a volar en cuanto sienten que nos acercamos. Hemos oído de cerca sus gritos y el increíble sonido de sus alas y hemos visto cómo han formado en el cielo esa forma tan bonita de "V". También hemos visto una pareja de delfines a pocos metros y una pareja de focas tumbadas tranquilamente, aunque el animal de agua más abundante aquí es la medusa. Ya se ha abierto la época de la langosta... ¡a ver si tenemos suerte! La principal característica de esta zona, llamada Bohusland, es el paisaje marino, claro está. Hay islas de todos los tamaños y relieves. Cada día hacemos unos 25-30 kilómetros a través del mar. Sabemos que nos han tocado las mejores condiciones, y que no nos podían haber ido mejor las cosas en esta primera semana: el tiempo nos acompaña, y hemos realizado el trayecto previsto día tras día. No ha hecho falta el "Pater Noster" Los últimos días nos hemos movido entre islas de todos los tamaños. El mar ha estado en calma, por lo general, y el tiempo, aunque un poco nuboso, se ha portado bien con nosotros. Hemos tomado el camino más protegido y gracias a eso nos ha salido todo bien. Pero no nos podemos fiar: el mar siempre es mar. Ya hemos probado el "apacible" Mediterráneo. Y en el Caribe, la supuesta "tranquilidad" se nos llevó a dos amigos el año pasado. El haber perdido para siempre a Dina e Iñigo en el mar tiene mucho que ver en esto que estamos haciendo y en cómo lo estamos haciendo. Yo personalmente noto cierto miedo entre conocidos, amigos y familiares al nombrar temas relacionados con el mar.
Sin ir más lejos, a 10 km del pueblo de Marstrand por el que pasamos, se encuentra un grupo de islas llamado Pater Noster. Se han hundido muchos barcos en esa zona. Cuando azotan fuertes tormentas a consecuencia del intenso viento del Norte Atlántico, parece ser que se levantan olas de hasta 10 metros. El nombre (Pater Noster) se lo pusieron los marineros, y a la vista está porqué. En condiciones normales, solemos hacer cinco kilómetros a la hora. En condiciones inmejorables, más de siete. Ha sido muy hermosa la noche anterior a dejar el mar y seguir hacia Göteborg. Sacamos los kayaks del agua junto a un puerto pequeño en el que hay una casa parecida a un refugio. Es un edificio de un rojizo intenso, en medio de un prado muy verde. Tras llevar las piraguas a rastras hasta allí, nos organizamos de modo que pudiéramos cenar y pasar la noche lo mejor posible delante de la casa. Nos hemos despedido del mar por un tiempo y nos dirigimos hacia el interior... No tenemos excusas para no dormir tranquilos... De agua salada a agua dulce Hemos hecho más de trescientos kilómetros por mar y hemos invertido doce días en ello. Hace dos días tuvimos la oportunidad de entrar en el pueblo de Kungalv, por otro afluente, sin pasar por Göteborg. Si hubiéramos tomado el río Göta desde allí, nos habríamos ahorrado unos 40 kilómetros. Pero entre los cuatro habíamos decidido pasar por Göteborg. Para entrar a Göteborg hay que hacer 10 kilómetros hacia el interior. En ese punto, las aguas dulces del río Göta se unen con el agua salada del mar. Y ese punto es, precisamente, el que más al sur está en nuestro itinerario: la latitud es de 57º 42'. Hemos entrado al interior por el cabo en el que se divisan los aerogeneradores eléctricos. El agua está en calma, el viento sopla en dirección variable y las olas que nos llegan son debidas al tráfico marino. Göteborg es la segunda ciudad de Suecia; tiene unos 500.000 habitantes. Como casi siempre, no suele ser nada fácil encontrar en las ciudades sitio para dejar las piraguas y, en algunas épocas, encontrar algún baño. Para acampar, si seguimos río arriba, ya encontraremos algún sitio donde estar tranquilos. Con esa idea en la cabeza nos hemos metido en nuestros barquitos, y dándole al remo nos hemos espabilado. Mientras tanto, hemos pasado al lado de un barco convertido en restaurante que está en un rincón del puerto. Hemos tenido que ahuyentar las malas tentaciones producidas por los dulces olores que ha percibido nuestro olfato. Querer avanzar y no poder Al día siguiente, amanecimos junto a la orilla del río y no sabemos cuántos días vamos a necesitar para llegar al lago Vanern. Los últimos dos días ha lucido el sol y eso siempre es de agradecer. Debido a ello, el termómetro ha bajado a 3-4 grados al amanecer. Ya hemos empezado a hacer apuestas sobre cuándo bajaremos de cero. Dentro de nada tendremos que quitar la hoja del calendario de septiembre y entraremos en octubre. No sabemos dónde estaremos en esa fecha. Queremos avanzar y no podemos, la corriente del río es muy fuerte. Lleva una velocidad de 2-3 km/h por las esquinas y de 5-6 km/h por el centro. No hay que confiarse con lo "sencillo" El lago Vanern es muy grande y puede ser tan peligroso como el mar. Aquí han empezado nuestros problemas. El fuerte viento levanta olas muy grandes, las mayores que nos han tocado hasta ahora, sin duda alguna. Aunque las orillas quedan bastante lejos, hay 22.000 islas e islotes en esta amplia superficie de agua y uno de los lugares más soleados de Suecia está aquí. Se llama Luro y al año recibe más de 2.000 horas de sol. Después de vencer los problemas que tuvimos con la corriente del río, estas aguas tranquilas se han convertido en nuestro peor enemigo. Hemos tenido oportunidad de comprobar que se cumple el refrán vasco que dice "no es verdad todo lo que se cree". Lo mismo ocurre muchas veces en el monte. Siempre parece que un monte de 2.000 metros tiene que ser muy fácil en comparación con uno de 6.000. El ser menor no quiere decir que tenga menos dificultades, ¡ni pensar! Tres factores: viento, frío y humedad
Aquí tenemos que tener muy en cuenta esos tres factores. Uno sólo sería bastante llevadero, dos nos darían bastantes problemas, y con los tres a la vez, ¡mucho cuidado! El frío: la temperatura del aire se ha aproximado a los 0ºC. El agua todavía se mantiene entorno a los 10ºC. Ni comparar con el frío que suele hacer en el mar Cantábrico en los peores inviernos. Mucho mayor el de aquí, ¡por supuesto! El viento: durante la semana ha soplado un viento de 9-10 m/seg. (30-36 km/hora), en dirección nordeste, y capaz de despertar a cualquiera. La humedad: la humedad es muy mala en estos casos y no es fácil mantenerse seco. La humedad del aire es a menudo del 90%, pero la lluvia nos ha respetado bastante en estas dos semanas. No nos hemos mojado más que con algunas salpicaduras. En estas condiciones, nos tomamos las cosas muy en serio. Y por ello trajimos los trajes que impiden que entre el agua. Gracias a esos trajes especiales de la casa noruega Helly Hansen estamos seguros. No nos mojaríamos aunque cayésemos al agua; por lo tanto, no sería una situación muy peligrosa. El único problema es el sudor. Los trajes no dejan que entre el agua, pero tampoco dejan que salga el sudor. ¡Qué le vamos a hacer...! ¡Otro fin de semana! En los viajes largos suele ser muy buena señal perder la noción del tiempo. Como dice una canción vasca: "Para nosotros son iguales los días laborables que los festivos..." Nos gustaría que fuera así, pero no es posible. Solemos tener que hacer muchas cosas en las ciudades y pueblos a los que llegamos cada cierto tiempo: comprar comida, recoger paquetes de correo o mandar cartas... Eso suele ser una vez por semana, más o menos, y puede ocurrir que coincida con el fin de semana y que esté todo cerrado. Parece mentira qué largas se nos hacen muchas veces las tres horas entre dos tentempiés o cómo un momento peligroso puede cambiar la medida del tiempo. Si luce el sol, en aguas tranquilas y si estamos bien, sin embargo, se nos pasa la semana sin darnos cuenta. Sobre nuestra situación física podemos decir que ninguno hicimos una preparación especial antes de venir aquí, pero los cuatro nos encontramos muy bien físicamente. Los únicos problemas de salud hasta ahora han sido unas ampollas en los dedos, dolor en la zona entre cintura y cuello y alguna pequeña tendinitis... pero parece que estamos en forma: ya no nos duelen los brazos y hombros, como al principio. El canal Göta, remando por tierra En Sjötorp teníamos nuestro tercer depósito, el primero que mandamos por correo. Por la tarde hemos entrado en el canal Göta. Esto ya es otra cosa. Las aguas están en calma y las orillas bastante cerca; así avanzamos con facilidad. A veces, tenemos que pasar algunas esclusas. En esos casos, llevamos las piraguas por tierra: son tramos cortos y no merece la pena armar la bicicleta. Las llevamos a mano de dos en dos: uno coge en cada mano las partes delanteras y otro las traseras. La piragua vacía pesa 27 kilos, y dentro cada uno llevamos una carga de unos 25 kilos. Por lo tanto, cogemos los dos "plátanos" de 50 kilos y solemos hacer 100, 200 o los metros que haga falta dando pasos pequeñitos. A menudo nos dicen que ésta no es la mejor época del año para venir aquí. Y nosotros respondemos con esta frase: "Natur in Scandinavia is beautiful in this season"; esto es, que la naturaleza aquí es preciosa en otoño. Y es verdad. Ir viendo todos los rincones es una verdadera maravilla. Nos sentimos como si fuéramos remando por tierra. Los árboles que crecen en la orilla del canal están cada vez más bonitos. Esto parece una galería de arte. Todos los días nos rodea a ambos lados un gran mural pintado en muchos colores... El Báltico, mar vivo de agua dulce Hemos hecho 40 km a remo, después de estar 40 horas encerrados. Ha sido la mayor etapa hasta ahora. Por lo visto, ¡teníamos necesidad de marcharnos de ahí! Hemos pasado las noches bajo el toldo, en la tienda, en pórticos de casas, en quioscos de música, en el camión nevera, en la cama del hotel (una vez) y en otros sitios parecidos. La pasada noche, la del lunes al martes, dos de nosotros hemos dormido en la tienda y los otros dos bajo una barca. Hoy hemos llegado a Trosa por la mañana, hacia las 11. Aquí también teníamos que recoger otro depósito. Trosa es un pueblo muy bonito: un largo puerto a ambos lados del río, barquitas atadas en el puerto, parques amplios, un paraje ideal para pasear o para estar tranquilo. El mar Báltico está casi cerrado. El paso del Norte Atlántico a Dinamarca es su único sitio para entrar y salir. Al amparo de fiordos e islas, hemos llegado hasta el pueblo industrial de Sodertalje y allí nos hemos adentrado en el lago Malaren. Luchando contra el reloj y contra el termómetro Estamos a primeros de noviembre. El otoño va dando sus últimos coletazos y el invierno llama a la puerta. A medida que avanzamos en la travesía, y a medida que empeoran las condiciones, hemos cambiado algunas costumbres y preparativos. De día nos ponemos unos guantes especiales. Los ponemos directamente unidos al remo y son muy incómodos tanto para sacar fotos como para grabar en vídeo. Y no sólo eso: algunos momentos puede ser hasta peligroso soltar el remo de la mano. El agua está a 5ºC y el aire bajo cero; por tanto, no podemos hacer demasiadas tonterías. El viento sigue soplando fuerte. Si encontrásemos algo para las noches, sería mejor...
El día más frío y la noche más hermosa Una vez en la vida...Hay cosas que solo ocurren una vez en la vida... nacer, el primer amor, tu decimo octavo cumpleaños, morir... bueno pues lo de ayer (dia 29) es uno de esos viajes que esperas que sean solo una vez en la vida, nada salio como estaba planeado, y no solo por equivocaciones nuestras que las hubo, no solo por mala suerte, que la hubo, sino tambien porque una trabajadora en turismo de lorca nos indico mal donde estaba el sendero... a dicha persona, MUCHAS GRACIAS; EL MAR Y EL PUEBLO DE CALNEGRE ESTABAN MUY BIEN; PERO NO ES LO QUE PREGUNTAMOS...
Este año, como otros no podia ser diferente, y por circunstancias personales de varios al final ivamos luis y yo, y fuimos con intencion de localizar la cueva del agua para que en proximas salidas pudieramos ir...
Pase por luis sobre las 8:30, y despues de repostar emprendimos el viaje... tuvimos que rectificar el rumbo varias veces por fallos en el itinerario que bajamos de una conocida pagina de internet... cuando por fin llegamos a Puntas de Calnegre (donde supuestamente estaba el sendero) despues de pasar por peaje y preguntar a un monton de gente... habia algo que no cuadraba, en la hoja de ruta aparecian acantilados y picos de mas de 800 metros... pero... alli estaba el mar. Preguntamos y nos tiramos casi dos horas para encontrar la referencia del inicio del sendero, pero en la Hosteleria del Fraile solo habian trabajadores sudamericanos y ninguno sabia de que hablamos... volvimos a Morata que era el pueblo donde estaba el sendero y alli ya viendo que el tiempo se nos echaba encima, preguntamos por la cueva del agua... nadie sabia donde estaba exactamente, salvo un mudo y un hombre que se habia liado al contarlo... luis despues de este alarde de conocimiento del terreno, solo pudo descifrar lo que le decian como el arqueologo con los geoglificos... en Ugeja, otro "pueblo" (eran dos casas en medio de una costera) un hombre nos indico donde estaba, y nos conto una historia sobre la cueva por la que deducimos que alli no iva la gente a hacer espeleologia, sino espeleobuceo... fuimos por un camino de mala muerte, menos mal que a mi coche le puse un cubrecarter de hierro, paramos en el unico sitio en medio de ninguna parte donde podria dar la vuelta, almorzamos-comimos, y despues de hablarlo tranquilamente, decidimos marcharnos, ya que segun el hombre la cueva estaba cerrada por desprendimientos, y como nuestro objetivo (la cueva) no era viable, decidimos volver a casa...
Entre tanto nos pasaron más cosas con la comida, la camara de fotos (por eso no hay fotos)...
Una sola vez... hasta pronto December 26 senderismo en LoEste sabado 29 de diciembre, realizaremos la ultima salida del año, por acabar el año de forma tranquila haremos senderismo por Lorca, más concretamente haremos un sendero que va desde el hopediero del fraile hasta la cueva del agua... como siempre todos estais invitados a venir...
hasta pronto |
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